01. EL JOVEN QUE CAYÓ EN LAS LETRAS
- 1 sept 2015
- 15 Min. de lectura

Pueden llamarme fantasioso, pero desde hace mucho tiempo existe un gran temor entre los escritores, reconocido por muchos, y objeto de burla para otros. Sin embargo, no deja de ser un pensamiento que si se reflexiona correctamente, nadie sabría cómo hacerle frente al presentarse. Pocos han tenido la oportunidad de estar delante de ello, pero afortunadamente logran despertar en sus camas a salvo de aquel daño; siempre con el remordimiento de ser responsables de lo sucedido. Me dejaré de tanto misterio, y diré que aquel temor lleva al escritor al lugar creado por él bajo su tinta y pluma, al universo concebido día tras día bajo su imaginación. ¿Por qué es un temor?, puede ser la ocasión de haber escrito emociones felices, irradiando alegría y tranquilidad; pero cuando el hombre ha hecho una historia semejante a la realidad, cuando hay tanto vida como muerte, nadie quiere visitar un lugar en donde el único responsable de su destrucción sea uno mismo; donde tantos personajes preguntarán el por qué de las muertes, el por qué de la historia, el por qué del aparente final. Eso dejará sin respuestas lógicas al “creador” y, en todo caso, lo llevaría a la desesperación, e incluso a la locura.
I. LA MÁQUINA DE ESCRIBIR
Para entender estas palabras, contaré la historia de Lewis, un joven de Inglaterra; fascinado con los temas acerca de la Segunda Guerra Mundial, como las batallas, soldados, armas, sangre, e incluso la muerte, por razones que desconozco tenía este singular agrado por situaciones y actos humanos, considerados por muchos como atemorizantes, y en lugar de investigar más, simplemente quisiesen olvidar.
El padre de Lewis era periodista de un diario local donde escribía la sección de finanzas, y todas las noches se la pasaba en un cuarto oscuro con un escritorio en un rincón en el cual siempre se encontraban una lámpara de pie, en los cajones eran guardadas hojas blancas, mientras una silla con cojines estaba por delante a dicho escritorio. Todo lo anterior lo presenció Lewis desde niño, y al ser su padre tan metódico, el hijo sabía la hora entraba, el cajón donde se guardaban las hojas blancas, cuando tomaba descansos, y la hora de salida. Muchos hijos siempre les llama la atención, en alguna ocasión de su vida, las actividades realizadas por sus padres, y ésta sería la ocasión en que este joven tuvo la iniciativa de seguir los pasos de su padre, pero con la pequeña variante de no ser periodista, sino novelista.
Lewis comenzó por escribir pequeñas historias con una trama central sobre combates en los frentes de guerra; que para jóvenes entre quince y veinte años, llamaban mucho la atención y los convertía en sus fieles lectores mes con mes. El director del colegio era un militar retirado y le gustaba la frialdad con la que manejaba dichos temas, así que le propuso escribir en el periódico escolar mensual.
Después de algunos meses, en lugar de tener sólo columnas con pequeñas novelas, ahora tenía páginas enteras dedicadas a sus textos. Los padres de Lewis estaban muy orgullosos de él, pero sobre todo su padre, ya que se llenaba con orgullo cada vez que su hijo se encerraba en su habitación a oscuras, tal y como él lo había hacía durante años.
Al pasar los meses, Lewis cursaba el último año en el colegio; muchos alumnos sentirían su ausencia en el periódico que ahora le dedicaba un apartado especial para sus textos. El director lo invitó, para su despedida, a escribir una novela de doce capítulos sobre la una Guerra Mundial, es decir, una gran forma de despedirse con una obra maestra por la que siempre fuera recordado como joven escritor. Esta idea hizo reflexionar poco tiempo a Lewis, ya que por miedo al fracaso se tardó en aceptar, pero al tener el permiso del director de escribir una novela, estaba seguro en que podía hacerlo, por lo que al día siguiente aceptó.
Cuando Lewis le contó lo acontecido a sus padres, su padre lo llevó a su cuarto oscuro, de allí cargó su máquina de escribir y preguntó:
-¿En qué lugar de tu habitación quieres que la ponga?
-¿En verdad me regalas tu máquina de escribir? –preguntó Lewis muy sorprendido por lo que veía.
-No te la voy a regalar –contestó el periodista mientras cargaba con ambos brazos la pesada máquina- sólo te la cambio por la que tienes para que ésta te dé suerte en tu última novela en el periódico escolar, pero siendo la primera novela como un gran escritor…
-Pero la novela será por todo un año –interrumpió Lewis exaltado y con una sonrisa en su rostro -¿No hay problema de que te la entregue hasta dentro de un año?
-No te preocupes, por eso vamos a cambiar, así yo no me quedaré sin qué escribir; esta máquina –señalando con la mirada la que tenía entre los brazos –me ha dado mucha suerte en que mis artículos sean leídos, y que a pesar de estos tiempos, aún conservo mi trabajo.
-Está bien, papá, acepto tu amabilidad mientras termino mi primera novela –dijo Lewis mientras tomaba con sus manos la máquina de escribir de su padre.
Con la máquina de escribir en manos, Lewis entró en su cuarto, y la dejó en el mismo lugar en donde estaba la máquina que le pertenecía; encima de una mesa al final de su cuarto, debajo de una ventana con vidrios tan limpios por los cuales se filtraba la luz del sol por el día, y la luz de un faro por la noche.
Ya en la media noche, Lewis escribió el primer capítulo de su historia titulada: “El Corredor de la Sangre”. El silencio de la noche le dio toda la concentración necesaria. Las ideas vinieron una seguida de la otra rápidamente, y no le era difícil unir una con otra para desarrollar una historia interesante para sus lectores.
A la mañana siguiente, cuando se publicó el primer capítulo de la novela, el periódico escolar se agotó en cuestión de minutos; la mayoría de los varones eran quienes leían con emoción y morbo lo relatado en aquel texto, y por consecuente ya querían tener en sus manos el segundo capítulo.
En el transcurso del año escolar, los capítulos de la novela agradaron a los lectores, puesto que la trama principal se centraba en un soldado quien día a día se enfrentaba a los conflictos bélicos en un país ficticio. Ya en los últimos capítulos, temas como el hambre, la muerte, la soledad, la tristeza y desesperación, eran frecuentemente una atracción al público para continuar leyendo; al final constantemente se mostraba al protagonista salir adelante de aquellas situaciones, provocando a los lectores un sentimiento de satisfacción y admiración hacia el protagonista.
Una vez llegada la última media noche, en la cual se escribiría el último capítulo de “El Corredor de la Sangre”, el joven escritor se sentó en la silla, y la recorrió hasta quedar frente a la mesa; él pensó durante semanas el gran final, y era tiempo de escribir en aquellas hojas blancas una “obra maestra”. Al iniciar a escribir el primer párrafo, sintió un breve dolor de cabeza, pero no dio importancia y siguió escribiendo. Después su vista se cansó muy rápido, y vio borroso. Las letras eran irreconocibles ante sus ojos. Desesperadamente se reclinó sobre la silla y colocó su nuca en el respaldo; ahora con los ojos fijos al techo, trató de calmarse. Su cabeza se sintió extraña, como si todo diera vueltas sin control, y por alguna extraña razón ya no pudo mover sus brazos; de un segundo a otro, su cuerpo se inclinó rápidamente hacia delante, y por consecuente su cabeza fue a parar a las teclas de la máquina de escribir, con un tremendo golpe que le provocó un desmayo.
II. EL CREADOR.
Al despertar, se encontró con la cabeza adolorida por el golpe, pero era un dolor externo, y no interno como el que sintió momentos atrás. Se puso de pie para mirar mejor las calles por la ventana, y se llevó una gran sorpresa cuando observó el estado de destrucción y desorden de las mismas. Huecos enormes se extendían por las avenidas, las casas estaban en mal estado, como si algo hubiese estallado dentro de ellas; se podía escuchar a lo lejos gritos de desesperación pidiendo ayuda, pero lo peor sucedió cuando al bajar las escaleras de su casa, en la sala, encontró a cinco soldados que al verlo gritaron “¡El sujeto!”, y se abalanzaron contra él. Cuando Lewis vio a los soldados correr en su dirección, por instinto subió a pasos agigantados las escaleras y se encerró en su cuarto. No podía creer lo que sucedido, y cuando los soldados rompían la puerta de su habitación, por miedo, tomó impulso y se lanzó por la ventana, evitando la caída al sostenerse de una de las ramas de un árbol a la izquierda de su casa. Una vez de pie, corrió en dirección a un rio al sur de su calle. Al llegar a la orilla tuvo la mala fortuna de tropezar y caer directamente de cara contra el lodo. Algunas personas, a lo lejos, lo vieron, y al poco tiempo fueron en su ayuda.
-Ven con nosotros muchacho, nadie debe estar solo en estos tiempos –dijo un hombre de edad madura.
-¿Qué está pasando? –Preguntó Lewis -¿Quiénes son ustedes? ¿En dónde estamos?
-Nosotros somos algunos de los que sobrevivieron del campo naranja–contestó una mujer joven.
-¿Qué te sucede? –Preguntó otro integrante del grupo al ver una rara expresión en la cara del joven enlodado.
-¿El campo naranja? –Interrumpió Lewis – ¿Donde está “El Corredor”?.
-En el campo naranja, está esperando a alguien –gritó el hombre de edad madura.
Lewis no creyó lo que escuchó. El Campo Naranja era un lugar donde se refugiaban todos los sobrevivientes de la guerra negra, una guerra desatada por el control del país ficticio, una nación inventada por él. Era mucha coincidencia que un lugar real se llamara igual al sitio de fantasía dentro de la mente de un joven inexperto. Nuevamente todo dio vueltas en la cabeza de muchacho y cayó en el suelo con la cara en el agua. El rostro de Lewis fue nuevamente reconocible, a lo que el grupo se sorprendió al verlo, y como si fueran un coro bien coreografiado murmuraron al mismo tiempo: “¡El Creador!”. Después de eso, lo tomaron como prisionero, y fue llevado a un refugio del Campo Naranja, donde lo esposaron a un tubo. Por alguna extraña razón que Lewis aun no comprendía, le tenían a la vez odio y miedo; el odio era lo suficiente como para golpearlo mientras estaba esposado, pero el miedo era lo necesario como para no matarlo.
Pasaron tres días desde su captura, sin embargo la gente aún no se acostumbraba a su presencia, y él sólo escuchaba que el “Corredor” fue avisado para trasladarse hasta ese lugar y le hiciera frente al verdadero enemigo. “El Corredor sabrá que hacer contigo, maldito bastardo” le repetían los refugiados mientras le escupían.
De un día a otro llegó “El Corredor”, un hombre joven, alto, con uniforme de combate, portando cicatrices en la cara a costa de las batallas, poseedor de una mirada fría. Cuando lo pusieron cara a cara frente a Lewis, éste sólo murmuro su nombre: “Fred”; mientras que “el Corredor” pedía una mesa y dos sillas en sus respectivos lados para hablar frente a frente. Entonces comenzó una de las conversaciones más importantes en la vida de ambos personajes.
-Debo confesarte que sentí miedo cuando te vi por primera vez –dijo Fred con mucha tranquilidad, mientras subía la mirada lentamente, y la bajaba cuando sentía que sus ojos se encontraban con los de Lewis –Y sabemos que el miedo no es una de las sensaciones con las que me hayas creado.
-¿Cómo sabes que yo te he creado? –Preguntó Lewis con gran sorpresa, abriendo los ojos de tal manera que éstos parecieran que se saldrían de las cuentas de un momento a otro.
-Esa noticia la supimos hace poco, pero ¿Para qué decirte algo que por ahora ya no tiene importancia?
El joven escritor estaba confundido, atemorizado, sorprendido, y a la vez se sintió alegre por ver a una de sus creaciones frente a él, observar y escuchar a un héroe de guerra. Fred era idéntico a como él se lo imaginaba noche tras noche frente a la máquina de escribir; cada cicatriz en su lugar, con cabello castaño y enmarañado. Aquel momento sería de gran felicidad para cualquier escritor, claro que en otro tipo de situación; observar a tu personaje, ver cómo algo ficticio pareciera tan real frente a tus ojos. Como una persona a la que conocieras perfectamente, pero que jamás te habían presentado. Lamentablemente no era la situación para alegrarse, sino por lo contrario “El Creador” se enfrentaba a “El Corredor”.
-¿Qué me van a hacer? –Intervino Lewis -¿Matarme?
-No lo sé, antes debo hacerte muchas preguntas, muchas de ellas me las hice desde el principio, pero cuestionaba a un ser diferente; pero ahora estoy aquí, frente al verdadero creador –dijo Red mientras se levantaba de la silla.
-¿Pero al final de las preguntas que me pasará?
-Te pasará algo a lo que estás muy acostumbrado, o nos hiciste acostumbrarnos en este lugar.
-No me tortures –dijo Lewis lentamente, como si le costara trabajo hablar.
-La tortura a la que estás destinado va más allá de la física; tú iniciaste todo, y al hacerlo debes de terminarlo.
Lewis preguntó sobre lo qué Fred quería saber; “quiero saber muchas cosas” contestó el soldado con un tono evidente de angustia en su voz.
-¿Por qué nos pusiste en una guerra sin sentido? –Preguntó Fred acercándose a Lewis– si supieras cuanto sufre la gente, cuántas muertes ha habido, a cuantos amigos les hemos dicho adiós, toda esa sangre que se ha… espera… sí lo has visto, lo has visto en esa retorcida mente que nos creó, que nos mandó sufrimiento.
Fred golpeó con su índice izquierdo la frente de Lewis, mientras repetía que algo malo pasaba en esa retorcida mente, esa mente responsable de tanto dolor. El joven se reclinó en la silla, e inició su explicación:
-Yo no sabía que le estaba haciendo daño a… a mis personajes.
-¿Personajes? –Reaccionó Fred con violencia, por lo que de un golpe derribó a su creador- Es verdad, simplemente somos personajes a los que puedes crear y destruir a tu voluntad, seres sin destino más cruel que depender de ti.
“El Corredor” se inclinó junto al muchacho, y casi al borde de las lágrimas se expresó, se desahogó, se despidió de esa rabia por medio de palabras: “Dependemos de ti, de un muchacho que no pensó en las consecuencias. ¿Qué te costaba dejar con vida a mis amigos? ¿Era tan difícil el que yo volviera a abrazar a mis hermanos? ¿Acaso era aburrida una reunión con mis padres antes de asesinarlos a sangre fría?
-Yo no he sido –contestó Lewis– recuerda que fueron los soldados de…
-¡Porque tú se los mandaste! –lo interrumpió el soldado– ¡Porque tú así lo escribiste!
-¡Pero entiende que no ha sido mi intención, yo sólo quería ser famoso entre los alumnos!
-Antes pensaba que solo lo escribías así porque tu mente así lo quería, pero ahora me doy cuenta de que lo escrito lo hiciste por simple vanidad, ¡Por una estúpida ambición! Me das tanto asco que si no hubiera época de hambruna, yo mismo te vomitaba encima para que olieras y sintieras lo podrido que está este mundo. Pero creo que más asco me doy yo mismo, conociendo que fui producto de una mente tan enferma.
-¡Yo no tengo toda la culpa, mi director y mi padre me motivaron a seguir escribiendo la novela! –Gritó Lewis con lágrimas recorriendo sus mejillas– también ellos deben ser castigados, los lectores pedían más y más, y simplemente yo seguía escribiendo para ellos; no tienes que ser tan duro conmigo, lo escribí por todos ellos ¡Todos somos responsables, no importa en qué medida, todos lo somos!.
-Tratar de responsabilizar a otros por actos propios, es una medida de escape muy cobarde –explicó Fred al mismo tiempo en que golpeó el rostro de Lewis, con su puño izquierdo- el único que pensaba y que escribía eras tú, nuestro creador sólo eres tú.
-Entonces… ¿Por qué no muestras el debido respeto a tu creador? –Preguntó Lewis en el momento en que se levantó y quedó cara a cara con “su personaje”- ¿Por qué desde que he llegado todos me tratan como basura?
-Acaso… ¿Tú eres respetuoso con tu creador?
-No, pero yo no lo conozco; en mi mundo nosotros no conocemos a quien nos haya creado.
-Algo a mi favor, en mi mundo conocemos al bastardo que nos mandó sufrimiento, y por lo que veo, no es ningún Dios –dijo Fred.
-Tú me responsabilizas de todo, ¿Qué tal si yo también soy la creación de una persona que está escribiendo una novela, y él a la vez es el protagonista de otra escrita por alguien más?
-No es mi culpa que tú no lo tengas delante de ti para reclamarle todo por lo que estás pasando por estos momentos.
-Si yo soy tu creador, miedo deberías de tener –afirmaba Lewis –En estos momentos puedo tomar una hoja de papel y escribir el final de una buena vez, un final en que todo se acabe y yo sea libre; o si me tratan bien, podría escribir un buen final para todos.
-En este mundo ya no puedes hacer nada, eres otro personaje más a merced de alguien ajeno a ti, si estuvieras en tu mundo probablemente te hubiéramos pedido ese favor, pero ya es tarde para todos.
“Deben de entenderme –dijo Lewis –Para mí todo esto es una simple ficción creada en mi cabeza, no tenía la idea de que en verdad personajes hechos con mi imaginación podrían estar sufriendo los sucesos descritos en mi novela; sé que no podrán justificarme, pero pueden tratar de comprenderme, a diferencia de todos ustedes, yo soy un simple humano atraído por sus pasiones, sin pensar en las consecuencias de los actos que realiza mientras busca los satisfactores de sus necesidades; sólo quería fama, y para ello escribía del tema que más me gusta, de la guerra, pero en verdad no sabía que hacía sufrir a otros seres. En mi mundo ésto no se escucha lógico, e incluso escúchame, escúchate, nada de esta plática tiene sentido; para mí sólo eras un producto de mi imaginación, algo irreal; pero mírate, ahora eres real, puedo tocarte, puedo olerte…”
-El hecho en que puedas verme, tocarme u olerme, no significa que sea real –interrumpió el soldado.
-Para mí eres real -dijo el joven escritor– para mí eres el mejor soldado que pude haber creado, un hombre ejemplar; pero ahora me doy cuenta en que también has crecido…
-Se acaba el tiempo mi “estimado creador”, para poder terminar nuestro sufrimiento, debe de terminarse la fuente de ellos –dijo el Corredor de la Sangre
–Yo ¿Verdad?
-Sí, pero antes una última pregunta –dijo Fred mientras se levantaba de la silla con una navaja en la mano –de mi nombre no tengo ninguna duda, puesto que sabemos que tu intención era otra, y ya que por donde escribías no había opción alguna, lo dejaste así; pero desde que supe que era un personaje de novela, siempre te he querido preguntar, ¿Por qué me apodaste “El Corredor de la Sangre?
Lewis le explicó que cuando escribió el Capítulo Cuarto de la novela, creyó que quedó claro. A lo que “El Corredor” replicó que aquella explicación era lo que quiso que los lectores pensaran sobre la creación de dicho apodo, pero ¿Cuál es la verdadera razón? –Insistió Fred- ¿Qué estaba pensando cuando lo eligió como su apodo?
“A veces uno piensa muchas cosas para decidir sobre algo, hay ocasiones en que cuanto más piensas en la elección, -añadió Lewis- simplemente no funciona bien; pero hay ocasiones en que cuando la idea surge sin que sepas como llegó, o el porqué de su aparición, simplemente la eliges sin responderle a nadie, cuando algo funciona, funciona y punto; tanto tu apodo como título fue muy bueno en mi colegio, y nadie había preguntado la verdadera razón de tu apodo es muy difícil responder con la verdad, pero yo lo he hecho ante el portador de tan genial apodo.
-No sabes el por qué ¿Verdad? –Preguntó Fred con una breve sonrisa en su rostro.
-No –respondió “El Creador” mientras bajaba su mirada en señal de vergüenza y sonreía en forma de disculpa.
Ambos, por primera vez desde conocerse, rieron; aquella risa sería la última que tendrían creación y creador juntos en un mismo cuarto. Ya era tiempo de terminar con la historia de ambas partes, así que el “Corredor de la Sangre” ayudó a levantar a Lewis, y lo abrazó fuertemente como despedida. Las últimas palabras de cada uno se dieron mientras duraba aquel paternal abrazo:
-Gracias por darnos vida –dijo Fred– triste y tormentosa, pero al final siempre fue vida.
-Gracias por mostrarme que no sólo son creación mía –contestó Lewis
-¿Cómo has dicho? –preguntó Fred mientras clavaba la navaja dentro del torso de Lewis.
-Yo lo inicié –Dijo el escritor mientras su tono de voz bajaba cuando la sangre corrió desde su boca hasta el cuello –Pero en estos momentos terminará diferente.
Ante esas palabras, el cuerpo de Lewis se convirtió en polvo azul, y fue regado por el aire en todo el cuarto. Los demás personajes se pasmaron debido a que lo mismo pasaba con los objetos y con ellos mismos. Se creó una capa de polvo azul, morado y verde, en toda la habitación, una atmósfera que llegó con una ambiente de paz y tranquilidad, eliminando toda la furia y el odio de sus mentes. Fred fue el último en desaparecer, y únicamente murmuró: “No termina, sólo comienza”.
III. DE REGRESO EN LA MÁQUINA
Lewis despertó de golpe sobre la mesa en donde se desmayó, provocando una caída sobre la silla. Primero sintió alegría que todo hubiese sido un sueño en donde uno de sus personajes lo asesinaba. Al poco rato, de bajar por las escaleras y dirigirse a la cocina, notó que en su reflejo, en una de las vitrinas de su casa, una cicatriz en la mejilla; según las posibilidades, aquella cicatriz pudo marcarse durante la caída de la silla en el momento de despertar, pero pasó muy poco tiempo desde entonces; al subir al baño y verse en el espejo, recordó que el “Corredor” lo golpeó en el rostro durante el interrogatorio, pero era mucha coincidencia el llevar una herida igual a la del sueño.
Eso lo obligó a pensar sobre lo sucedido y de cómo pensaba escribir el final de la novela Él no sabía qué escribir, temía las consecuencias que se ocasionarían sobre el mundo creado. Al poco rato, se despidió de sus padres y continuó su viaje al colegio; en el trayecto reflexionó sobre el final de la novela; un escrito que debería terminar como empezó, es decir, con una buena historia de por medio. Lewis se dirigió a la dirección, no le explicó nada al director sobre lo acontecido en el sueño, pero pidió disculpas porque la historia tendría un final que nadie, ni siquiera él esperaba, pero era necesario escribirlo a papel y pluma frente de sus ojos. El director aceptó, y le otorgó el material de trabajo que pedía, y con ello Lewis se dispuso a escribir el gran final.










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